14 de enero de 2014

VALE LA PENA

Cuando empiezo un viaje, cualquiera que sea, tengo la necesidad de convertirlo en un antes y un después. Hacerlo que valga la pena, empezar con esa certeza, sin saber lo que pueda suceder en él. 
Un viaje siempre vale la pena.
No necesito cortar rutinas para emprender un viaje. Lo organizo cuando tengo la llamada interior de salir de donde estoy para llegar a otro lugar. Y es más difícil cuando irse no es una idea muy clara, pero al mismo tiempo el verbo "viajar" llena de esperanza los días.
Pero no está mal irse, no es peligroso. Debe poder más el misterio de conocer lo que se transforma en un viaje. Así debe ser. No porque esté escrito en algún manual, sino porque al fin y al cabo, es lo que nos hace bien: la transformación. 
Transformar los edificios en campo abierto o viceversa, para el que viene a una ciudad. Transformar un día igual a otro, en la sorpresa del destino, sin plan, como lo que es.
Una vez escribí una pregunta: ¿Quién se anima a viajar en soledad? Y respondiéndola me sentí la viajera más afortunada por la valentía de encontrarme como respuesta. La soledad, aprendí, es lo primero que se transforma en un viaje. En formas, colores, sonidos, personas.
Hay destino, pero también hay elección. Aunque quizá es todo parte de lo mismo. 

Cuando empiezo un viaje, cualquiera que sea, tengo la certeza de que vale la pena.
Y sabiendo que todo se transforma, ya no creo que lo que ocurra luego de un viaje, tenga algo que ver con lo que usualmente llamamos "volver".


2 comentarios:

Sebastian Barrasa dijo...

siempre recuerdo ese poema cuando viajo "¿quién se anima a viajar en soledad?"

al fin y al cabo siempre viajamos acompañados (aunque estemos solos) y siempre también en soledad (aunque estemos llenos de gente)

josé dijo...

me daré una vuelta con mas tiempo, debo detenerme aquí, recostarme en tus pensamientos, saciar mi sed de aguas distintas, y lo haré.